El cerdo Rosendo y otros cuentos


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Él es el padre y el dictador de sus Criaturas; no puede dejarlas libres ni tolerarles rebeliones. Esa voluntad de predominio del cuentista sobre sus personajes es lo que se traduce en tensión por tanto en intensidad. La intensidad de un cuento no es producto obligado, como ha dicho alguien, de su corta extensión; es el fruto de la voluntad sostenida con que el cuentista trabaja su obra. El cuentista debe ver desde el primer momento su material organizado en tema, como si ya estuviera el cuento escrito, lo cual requiere casi tanta tensión como escribir. El verdadero cuentista dedica muchas horas de su vida a estudiar la técnica del género, al grado que logre dominarla en la misma forma en que el pintor consciente domina la pincelada: la da, no tiene que premeditarla.

Esa técnica no implica, como se piensa con frecuencia, el final sorprendente. Lo fundamental en ella es mantener vivo el interés del lector y por tanto sostener sin caídas la tensión, la fuerza interior con que el suceso va produciéndose. El final sorprendente no es una condición imprescindible en el buen cuento. Un final sorprendente impuesto a la fuerza destruye otras buenas condiciones en un cuento.


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Ahora bien, el cuento debe tener su final natural como debe tener su principio. No importa que el cuento sea subjetivo u objetivo; que el estilo del autor sea deliberadamente claro u oscuro, directo o indirecto: el cuento debe comenzar interesando al lector. La manera natural de comenzar un cuento fue siempre el "había una vez" o "érase una vez". El cuento debe iniciarse con el protagonista en acción, física o psicológica, pero acción; el principio no debe hallarse a mucha distancia del meollo mismo del cuento, a fin de evitar que el lector se canse.

Saber comenzar un cuento es tan importante como saber terminarlo. El cuentista serio estudia y practica sin descanso la entrada del cuento. Un cuento que comienza bien casi siempre termina bien. El autor queda comprometido consigo mismo a mantener el nivel de su creación a la altura en que la inició. Hay una sola manera de empezar un cuento con acierto: despertando de golpe el interés del lector. El antiguo "había una vez" o "érase una vez" tiene que ser suplido con algo que tenga su mismo valor de conjuro. No hay manera de conocerlo sin ejercerlo.

Nadie nace sabiéndolo, aunque en ocasiones un cuentista nato puede producir un buen cuento por adivinación de artista. El oficio es obra del trabajo asiduo, de la meditación constante, de la dedicación apasionada. Cuentistas de apreciables cualidades para la narración han perdido su don porque mientras tuvieron dentro de sí temas escribieron sin detenerse a estudiar la técnica del cuento y nunca la dominaron; cuando la veta interior se agotó, les faltó la capacidad para elaborar, con asuntos externos a su experiencia íntima, la delicada arquitectura de un cuento.

No adquirieron el oficio a tiempo, y sin el oficio no podían construir. En sus primeros tiempos el cuentista crea en estado de semiinconsciencia. La acción se le impone; los personajes y sus circunstancias le arrastran; un torrente de palabras luminosas se lanza sobre él. Se halla en el momento apropiado para estudiar los principios en que descansa la profesión de cuentista, y debe hacerlo sin pérdida de tiempo. Los principios del género, no importa lo que crean algunos cuentistas noveles, son inalterables; por lo menos, en la medida en que la obra humana lo es.

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Pero no es así para el cuentista. A menudo la gente se acerca a novelistas y cuentistas para contarles cosas que le han sucedido, "temas para novelas y cuentos" que no interesan al escribir porque nada le dicen a su sensibilidad. Arte difícil, tiene el premio en su propia realización.

,los tres cerdos dices que no son miedoso cuando el lobo se aparece y salen corriendo

Hay mucho que decir sobre él. Otros lo han logrado. Él también puede lograrlo. Ejemplo de esto, son mis dos cuentos favoritos escrito por el Profesor Don Juan Bosch.


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Felipa fuma y calla. Al cabo de tanto oír lamentar la sequía levanta los ojos y recorre el cielo con ellos. Claro, amplio y alto, el cielo se muestra sin una mancha. Es de una limpieza desesperante. Baja entonces la mirada. Los terrenos pardos se agrietan a la distancia. Y nada. La sequía había empezado matando la primera cosecha; cuando se hubo hecho larga y le sacó todo el jugo a la tierra , les cayó encima a los arroyos; poco a poco los cauces le fueron quedando anchos al agua , las piedras surgieron cubiertas de lama y los pececillos emigraron corriente abajo.

Infinidad de caños acabaron por agotarse, otros por tornarse lagunas, otros lodazales. La vieja Remigia se resistía a salir. Desde que se quedó con el nieto, después que se llevaron al hijo en una parihuela, la vieja Remigia se hizo huraña y guardadora. Pieza a pieza fue juntando sus centavos en una higera con ceniza. Los centavos eran de cobre. El maíz lo usaba en engordar los pollos y los cerdos; los frijoles servían para la comida. Cuando veía un cerdo mantecoso, lo mataba; ella misma detallaba la carne y de las capas extraía la grasa; con ésta y con los chicharrones se iba también al pueblo.

Cerraba el bohío, le encarbaba a un vecino que le cuidara lo suyo, montaba el nieto en el potro bayo y lo seguía a pie. En la noche estaba de vuelta. Iba tejiendo su vida así, con el nieto colgado en el corazón. No quiero que pases calores, ni que te vayas a malograr, como tu taita. El niño la miraba. Nunca se le oía hablar, y aunque apenas alzaba una vara del suelo , madrugaba con su machete bajo el brazo y el sol le salía sobre la espalda, limpiando el conuco. La vieja Remigia tenía sus esperanzas. Veía crecer el maíz, veía florecer los frijoles; oía el gruñido de sus puercos en la pocilga cercana; contaba las gallinas al anochecer, cuando subían a los palos.

Entre días descolgaba la higera y sacaba los cobres. Había muchos, llegó también a haber monedas de plata de todos tamaños. Con un temblor de novia en la mano, Remigia acariciaba su dinero y soñaba. Sonreía, tornaba a guardar su dinero, guindaba la higera y se acercaba al nieto, que dormía tranquilo. Todo iba bien, bien. Pasó un mes sin llover, pasaron dos, pasaron tres. Ella aprobaba en silencio.

Pero no llovía.

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Se consumieron muchas velas y se consumió también el maíz en sus tallos. Se oían crujir los palos; se veían enflaquecer los caños de agua; en la pocilga empezó a endurecerse la tierra. Va a ser hoy -decía una mujer. A veces le parecía sentir el roncar de la lluvia que descendía de las altas lomas. Se dormía esperanzada; pero el cielo amanecía limpio como ropa de matrimonio. Comenzó la desesperación. La gente estaba ya transida y la propia tierra quemaba como si despidiera llamas.

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Todos los arroyos cercanos habían desaparecido; toda la vegetación de las lomas había sido quemada. Se acaba -lamentaban las viejas. Un día, con la fresca del amanecer, pasó Rosendo con la mujer , los dos hijos, la vaca, el perro y un mulo flaco cargado de trastos. Remigia entró en el bohío, buscó dos monedas de cobre y volvió. Rosendo cogió los cobres, los miró, alzó la cabeza y se cansó de ver cielo azul. Esto no puede durar. Rosendo volvió el rostro. Su mujer y sus hijos se perdían ya en la distancia.

El sol parecía incendiar las lomas remotas. El muchacho se había puesto tan oscuro como un negro. Remigia se fue a la pocilga. Anhelantes, resecas las trompas, flacos como alambres, los cerdos gruñían y chillaban. Estaban apelotonados, y cuando Remigia los espantó vio restos de un animal.

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Comprendió: el muerto había alimentado a los vivos. Entonces decidió ir ella misma en busca de agua para que sus animales resistieran. Echaba por delante el potro bayo; salía de madrugada y retornaba a medio día. Incansable, tenaz, silenciosa, Remigia se mantenía sin una queja. El potro bayo tenía las ancas cortantes, el pescuezo flaco, y a veces se le oían chocar los huesos. El éxodo seguía. Cada día se cerraba un nuevo bohío.

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